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jueves, 14 de junio de 2012

Beto, continuación (III)


Las curaciones caseras; en la vivencia anterior (El deterioro sanitario), conté sobre las plagas y enfermedades resultantes e incluí, para cada caso, un ejemplo del remedio casero usado. Era lo acostumbrado en esos tiempos, en todas las casas había hierbas medicinales y las llamaban así porque, tradicionalmente, las usaban para la cura de diferentes padecimientos y esa transmisión, posiblemente de procedencia indígena, las mamás la conocían bien, sabían cuál de ellas aplicar en cada caso. Es justo reconocerles su acierto, cuando alguien sentía algún malestar, se lo comunicaba a su mamá y, dando el diagnóstico, le decía tráigame una ramita de ‘tal cosa’, con ella hacían un bebedizo o ungüento y, bebido o puesto el mismo (según fuera el caso), de inmediato se iniciaba la recuperación. Antes lo hacían así, a pura práctica; ahora, por los diversos estudios realizados a esas plantas, se conocen las sustancias actuantes sobre el organismo humano contenidas en ellas (Entre otras; antibióticos, azúcares, grasas, proteínas, resinas, vitaminas, aceites, minerales,…) y cómo los efectos terapéuticos de esas sustancias actuantes intervienen en el organismo, especialmente en la o las partes afectadas, aún se utilizan, en menor grado siguiendo la tradición mencionada y, en grado mayor o comercial, hay fincas dedicadas a producirlas para proveer a los procesadores de medicamentos y también, si no me equivoco, hay quienes se dedican a la medicina natural, la cual, comparada con los medicamentos químicos, es mucho más asimilable por el organismo.

En el patio siempre había; entre otras: Albahaca; para trastornos digestivos. Juanilama; para agruras, colitis y gastritis. Romero; para sistema digestivo (antiséptico y en contra de gases), combatir parásitos y mejorar circulación. Hierbabuena; para las afecciones estomacales, el dolor abdominal -  menstrual u ovárico, ardor al orinar, curar las heridas y combatir la bronquitis. Salvia; para aliviar las molestias del estómago, el dolor de cabeza y los mareos. Culantro Coyote para el dolor de pecho, la indigestión  y el vómito. Orégano; para combatir las afecciones bronquiales e inflamaciones de las amígdalas y la garganta… (Malva, ruda, sábila, albahaca, perejil, apio,… También, aunque no sembrado en el patio, pero siempre había en cada casa Jengibre, borraja, tilo, manzanilla,…). Ésta era una práctica “2b“ (buena y barata), con la cual, resolvían todas las afectaciones comunes de la salud, digamos de grado menor, porque, para un caso serio como el tétano de Manolo, era indispensable la presencia del doctor. Esta medicina casera la complementaban con los masajes para las pegas (trastorno estomacal), golpes y torceduras. También, para atender daños mayores como fracturas, había algunos masajistas muy experimentados, tal es el caso de don José Castro en Alajuela, a quién recuerdo con admiración. Cuando había partido en el estadio, ahí estaba él para, de presentarse lesiones  durante el juego, atenderlas. El resto del tiempo, salvo cuando lo llevaban a atender algún paciente, lo pasaba rondando por el costado Norte del mercado y, si alguien lo buscaba para algo leve, ahí mismo lo trataba. Caso contrario, cuando por el tipo de lesión el paciente no podía movilizarse o se requería privacidad para atenderlo, él iba a la casa del sufrido y, con su conocimiento, lo aliviaba. Para ilustrar lo mencionado, basta un ejemplo de cada caso:

-Un dislocamiento del pulgar derecho sin tratanza, no recuerdo el origen pero si la consecuencia, sanó generando un abultamiento en la parte superior del mismo (lo llamaban goma). Con el tiempo, por su tamaño, comenzó a entorpecer los movimientos del dedo y, preocupado, fui al mercado a buscar a don José, quién, al mostrarle la mano me preguntó la causa y mi respuesta fue, no sé… Sin embargo, por su actuar, él si sabía y para corregir el daño, masajeando la goma suavemente y  explicándome porqué se formó, fue atrayéndome al tema y, cuando más concentrado estaba, sentí una breve pero profunda sensación de dolor y en un ‘Ay’ pasó. Listo dijo don José, eso era todo, el dedo está montado y para deshacer la goma, póngase alcohol con alcanfor durante ocho días… Efectivamente, a los ocho días estaba totalmente sano y sin ninguna molestia hasta la fecha. ¡Cómo sabían estos señores,…,! para hacer el jalón requerido y montar el dedo sin movimientos contrarios de mi parte, con sabias explicaciones, me abstrajo de la operación e introdujo en la explicación, así, fácilmente lo logró. 


Dibujo: Beto 2012
- Se accidentó papá; al llegar a casa, como a las once de la mañana, sentí un ambiente confuso y, efectivamente, en el cuarto de ellos encontré el barullo, una palangana grande embadurnada de yeso, un poco de gaza, tijeras y otros implementos… En la cama estaba papá, con su brazo izquierdo estirado sobre un banco y don José Castro (masajista experimentado), sentado al lado de la cama y frente al brazo, terminando de enyesarlo, mamá y mi hermana Virgi atentas por cualquier cosa, poco después del cuarto, toda la prole ansiosa por conocer resultados. Al verme, mamá se me acercó y me contó lo sucedido… Su papá, dijo, estaba trabajando donde don Juan y, por un fallo de la escalera, calló golpeándose el costado izquierdo. Mande a traer a Don José, él le detectó fractura en el brazo y en tres costillas de ese costado, requería intervención inmediata, se la dio y todo está listo, las costillas montadas e inmovilizadas y el brazo prácticamente enyesado, está terminando el afinamiento superficial. Ciertamente, al poco rato don José dio por finalizada la operación  e informando  sobre el tiempo de reposo, un mes para las costillas y tres meses para el brazo, se tomó un café, recibió los tres colones de sus honorarios y se fue rumbo al mercado, por si alguna otra persona lo requería… 

Al inicio de la tarde, 1:00 p.m., llegó don Juan bastante preocupado y preguntando por Mado, (en la hora de almuerzo le contaron lo sucedido), se le explicó lo actuado y preguntó ¿Cuál médico lo vio?,  ninguno le respondió mamá, lo puse en manos del creador y de don José Castro. Eso está muy bien, pero, para estar seguro, necesito un dictamen profesional, puedo hablar con él, si claro… Ingresó  y lo dejamos con papá… Don Juan lo convenció de ir al Hospital para, tomadas las placas respectivas, tener la opinión del Dr. Rodriguez sobre el caso, Así lo hicieron, papá, con un poco de ayuda, se montó en el carro con don Juan y se fueron… Un par de horas después, regreso tal y como se fue; eso sí, muy contento porque el doctor les dijo: ‘Todo está bien, hasta el tiempo de reposo’… Realmente, esos señores, eran admirables.

Cara lección;  empero, con ese accidente, papá ganó experiencia: A su manera (más comentarios y consejos recibidos), interpretó lo ocurrido y, acostumbrado a la enseñanza por transmisión, siempre nos decía: ‘cuídense de los pisos encerados o brillantes son traicioneros, para trabajar en ellos con escalera, envuélvanle las patas con gangoche’. Excelente consejo, aprendió la lección tardíamente, mas, cómo siempre afirmaba, ‘vale más tarde que nunca’.

Lo ocurrido; claramente señala como causa, ‘El peligro potencial creado’ y dos concausas causantes del percance 1. Por costumbre… (Lo produjo) y 2. Por desconocimiento… (Lo activo).   1) El mucho hacer algo nos conduce a la práctica y, eso, nos resta malicia. En este caso, papá, por la costumbre, llego puso la escalera en el sitio requerido para el trabajo a realizar y, sin considerar ningún otro factor, subió… 2) Podríamos preguntarnos ¿Por qué no pensó en otros factores?, y la respuesta es obvia, por desconocerlos; lo ignorado no se ve y, por ende, no se considera. Él  estaba frente a un peligro inminente pero no lo vio, porque, además de ser lego en la teoría de la física, por lo visto, nunca se había llevado ningún susto al respecto o sea, sólo tenía práctica. Por ello, aplicándola, al poner su escalera de abrir en un piso de madera encerado y sin ningún antideslizante entre ambos (gangoche, cartón,…), creó un peligro potencial sin darse cuenta y al subir (ignorancia), con su peso, activo el deslizadizo apoyo iniciando el resbalamiento de las patas, esa acción fue tensando el mecate sostenedor hasta superar su resistencia y reventarlo, permitiendo el súbito estiramiento de la escalera y el tumbo de su ocupante, en este caso papá… 

Lástima, muchos accidentes de este tipo (desconocer) podrían evitarse sí, durante la etapa de formación, en matemáticas y física se realizaran prácticas con problemas de este tipo para, además de imprimirles atracción y comprensibilidad, darles aplicabilidad en el diario hacer. (Una simple escalera de abrir, puesta sobre un piso deslizante y sin aislante, se convierte en un peligro potencial, porque, el peso de quien suba, genera fuerzas de impredecibles consecuencia).

Se enfermó la abuela; el primero de enero, a temprana hora, mamá se fue para Puntarenas, le habían avisado sobre la gravedad de la abuela, el día cinco regresó con la misión de llevarnos, la abuela quería vernos… Hizo los preparativos y, al día siguiente, salimos rumbo al puerto. Íbamos disfrutando el viaje, como siempre, cuando, apenas reiniciándolo después de la parada de Orotina, apareció su tio Chus, un hermano de la abuela, saludó a mamá y le dijo ¿vas para el entierro? Y, eso, cambió todo, mamá se descompuso, el Oficial del tren corrió al final del carro y accionó la llave de una tubería ahí ubicada (aire comprimido), con ello, mandó una señal al maquinista y se detuvo el tren, le dieron la atención requerida, luego, una vez restablecida, seguimos.  Al llegar a Puntarenas, en la Estación, estaban mis tres tíos (Johan, Goyo y Quincho) esperándola para darle la noticia (lástima, con la noticia bien dada, tal vez se hubiera afectado menos…).  Al llegar a la casa y encontrarse con las hermanas (Anita, Mira, Tere, Tina y Flor), se mostró resignada y, como era la mayor, comenzó a disponer. Esa fuerte reacción, me imagino yo, en parte se debió a la impactante e inesperada noticia, ella iba con la ilusión de llegar donde la abuela  con nosotros y con la nueva se frustró, no pudo cumplir su promesa…   
  
El entierro de la abuela; ese mismo día, en horas de la tarde, se efectuó el sepelio y por un par de cosas diferentes, me dejó recuerdos imborrables. Su inicio habitual, condujeron sus restos mortales a la Iglesia y, finalizada la ceremonia, continuamos hacia la Estación del Ferrocarril, ahí estaba un tren esperando (treparon el ataúd), lo abordamos  y proseguimos en tren hasta el frente del Cementerio en Chacarita (Esto lo tornó diferente…, me sentí en un tren familiar…); de ahí, proseguimos hasta el lugar preparado para el enterramiento y, después de lo acostumbrado (verla por última vez, encomendarla,…), colocaron el féretro en el fondo de la fosa e iniciaban el relleno, cuando, mi tio Goyo se lanzó dentro y repetía: ‘entiérrenme con ella,….,…,’), no sé porque lo hizo. Algunos runruneaban ‘está beodo’ y, por lo ocurrido, no había ninguna duda, pero, sacarlo, eso sí fue difícil… Él, no hacía ningún intento, estaba dispuesto a quedarse y, por las dimensiones de la fosa (ajustada a la caja), era prácticamente imposible meterse a sacarlo. No obstante, para terminar de llenar, debían sacarlo y así lo hicieron, varios se tiraron de panza al borde de la sepultura y, no sé cómo, lograron agarrarlo, ponerlo de pie y sacarlo; tamaña confusión. En seguida, terminada la inhumación, abordamos el tren y, ya oscureciendo, llegamos al puerto.

Por la noche; en torno a la mesa del comedor, con el bombillo encendido y un par de canfineras para alumbrarnos (pésimo servicio eléctrico), estábamos reunidos con el abuelo (Rafa) contando diversas historias, cuando, Morales el esposo de mi tía Mira (quién, por sus frecuentes viajes a la cocina, seguro estaba tomando), sacó el paquete de cigarrillos, ofreció (tres le aceptaron), repartió y los guardó. Después, saco un billete de cien colones (la máxima denominación para entonces), lo arrollo a lo largo y, arrimándolo a la canfinera, le prendió fuego para usarlo como encendedor, todos a gritos le repetían ‘apáguelo,…,…’, no hizo caso, cuando terminó su caro capricho ya el billete estaba prácticamente consumido. Todos se lamentaban por lo ocurrido, lo regañaban por la crueleza, tanta gente necesitada y usted quemando dinero, pero, él, no se daba por aludido, parecía haber disfrutado su acto de fanfarronería. Según mi tía, se trataba de un nuevo defecto, posiblemente, en alguna juerga reciente, alguien lo hizo, le gustó y lo ha practicado ya dos veces, tratare de persuadirlo, dijo...

Lo escuchado en torno al aprovechamiento del dinero, fue aleccionador, por dirigírselas a Morales, parecía un desperdicio, pero, entre lamentos y regaños, definieron su correcto uso.

‘El dinero, como medio proveedor del sustentamiento familiar, nunca sobra, siempre habrá algo para invertirlo y, si no lo hubiera, se ahorra para cubrir necesidades futuras, propias o ajenas, hay muchas, muchas,…, familias necesitadas’. Resumidamente le dijeron:

‘La llama del billete consumió su esfuerzo y, lo peor, sin nadie disfrutarlo’

Terminado lo funéreo; mamá nos dijo: Bueno, ya la abuela descansa en paz y estoy segura, desde arriba ya los vio, por eso, para seguir adelante con lo nuestro, debemos regresar a Alajuela. Ay, no…, exclamamos, tía nos invitó a rezar. Sí, respondió, hoy rezamos aquí, mañana regresamos y le seguimos rezando en casa… Así se hizo…

Reiniciando el curso lectivo;  mi tercer grado ya, una tarde, la niña Berta nos dio un documento para llevar a la casa, con el cual, además de comunicar a los padres la presencia del Dentista en la Unidad Sanitaria (Centro de Salud Pública, hoy, bingo de la Cruz Roja) y de indicar la exclusiva atención de escolares, enlistaba los posibles servicios a optar  e indicaba: Si su hijo requiere algún servicio, márquelo y firme autorizándolo.

Cuando llegué a la casa y entregué el papel, mamá me dijo: ‘Esos dos dientillos de leche encaramados van a dañar los nuevos’, sí, le conteste, ya comienzan a estorbar, mejor quitarlos. Ella marcó extracciones (2), lo firmó y me lo dio.

Al día siguiente, por la mañana, la niña Berta recogió los mensajes autorizados, se los entregó a  Juana (la portera) y continuamos trabajando. A media mañana, pasaron unas enfermeras llamando a quienes  estábamos autorizados para ir al Dentista; salimos, nos acomodaron en fila y nos fuimos para la Unidad Sanitaria (recorriendo 100 m al Oeste y 200 al sur de la Escuela), llegamos y, la misma fila la acomodaron para, haciendo el giro señalado (entrar por la puerta lateral y pasando el consultorio, salir por el frente para continuar la fila hacia la lateral…) pasar dos veces por el consultorio. La primera  para inyectar y la segunda para la extracción. Parecía muy bien, pase me inyectaron los dos dientes encaramados y seguí la fila, mientras avanzábamos sentí como se iba adormeciendo la encía y, sin mucho dilatar, muy contento me senté de nuevo en la silla, y, en un chuc-chuc, fuera los dos dientillos. Hasta el momento, todo muy bien, yo diría maravillosamente bien, con buen trato y sin pérdida de tiempo me hicieron lo solicitado. Pero, el Dentista (un señor un poco mayor), me dijo: tiene una muela inferior cariada ¿la sacó? Y, por lo antes experimentado, le dije ‘Sí’, de inmediato sentí donde atenazó una muela del fondo y comenzó a jalar, como no podía, sin soltarla, le pidió a las enfermeras sostenerme de los brazos, luego, con la rodilla, se apoyo en el brazo de la silla (casi en mi estomago) y siguió jalando, de pronto, no sé por qué, me soltaron y, tirándome de la silla, corrí despavorido hasta la casa. ¿Qué pasó? Dijo mamá, le conté y, revisándome, afirmó: sólo los dos dientillos le extrajo, la muela está maltratadilla pero está, no la pudo sacar… Y, dando por cerrado el caso…, me dio agua con sal para enjuagarme y un bebedizo para aliviar el dolor o calmar el susto, no sé…

Para ser justo, a los encargados de la organización les mantengo la calificación, pero, el dentista, por su ligereza (intentar extraer una muela sin autorización, sin inyección,…, y sin fuerza), pasó de extraordinario a ordinario en un solo tumbo…

El Comedor del Patronato y la Gota de leche; estaban ubicados junto al costado Oeste de la Unidad Sanitaria. En el primero; todos los días le daban almuerzo a gran cantidad de escolares, era un salón muy grande y se llenaba mínimo dos veces. En la escuela me dieron una tarjeta para almorzar ahí, pero, por formación, en casa siempre nos decían ‘Deben ganarse lo que se comen y, en ese comedor, sólo era llegar comer e irse, no podía practicar la enseñanza… Por eso, para no despreciar a quienes me escogieron y realizar lo aprendido…, hable con los encargados y me aceptaron como colaborador, así, llegaba y pasaba directo (no hacía fila), guardaba los cuadernos (siempre venía o iba para la escuela, según el horario) y les ayudaba a servir (me enseñaron a llevar tres platos por viaje), así unos repartiendo cucharas y fresco, otros sirviendo el plato, rápido terminábamos y luego, juntos los trabajadores y colaboradores, almorzábamos…

En la segunda; la Gota de Leche, era un servicio para las madres, no sé como operaba, pero, si recuerdo, por las mañanas, ver muchas señoras retirando las botellas de leche para sus niños…   

Mi primer trabajo fijo; en la casa de la familia Lara-Chinchilla, ubicada 100 m Sur de la Iglesia de La Agonía, Casi al frente de la casa donde, con aquel temblor de octubre…, nos cayó la pared y por poco quedamos aterrados (Manolo y yo) o sea, donde nos reiniciamos al regreso del malogrado viaje al puerto… El trabajo era sencillo y podía alternarlo con la escuela, consistía en entretener  y cuidar los chiquillos (lo practiqué en casa cuando el cambio), así, doña Margarita, tranquilamente se dedicaba  a sus quehaceres y yo, me ganaba un salario semanal, jugueteando…

Era un lote esquinero y espacioso, con frente a la Calle Ancha (20 m) y por el costado Norte, un frente largo (50 o 60 m), en la esquina estaba la casa (con patio lateral), tenía un corredor grande atrás en donde estaban las pilas, los baños y letrinas e inmediatamente después un pequeño patio trasero, separando la casa de la caballeriza (Danilo, el esposo de margarita, era domador), el resto eran patios para realizar actividades con los caballos y en la esquina trasera interna, había un enorme hueco en donde depositaban los desechos de la limpieza de las cuadras (aserrín con estiércol) y cuando estaba lleno, lo vendían al mejor postor (lo utilizaban para abonar cafetales).

La caballeriza tenía, además del paso privado a la casa, acceso externo a través de un pasaje central amplio (entraban y salían a caballo), con ocho cuadras, cuatro a cada lado del pasaje, una, la del fondo a mano izquierda entrando, la ocupaba permanentemente ‘EL CACIQUE’, un robusto y bien domado percherón, propiedad de Danilo. Lo tenía para padrear,  pero, seguro para promocionarlo disfrutándolo, a toda actividad con tope lo llevaba; por lo menos una semana antes le hacían trenzas para, el día de la actividad, lucirlo con su crin ondulada y sus pasos elegantes. Era muy dócil, por eso, a cualquier hora, podía entrar a la cuadra con los chiquillos, le llevábamos comida, lo rasqueteábamos, le hacíamos trenzas,… y, ese enorme animal, se dejaba, los chiquillos lo tenían como su gran juguete…

Las otras cuadras eran ocupadas por caballos en proceso de doma (llegaban sin desbravar, pero, con el tiempo, a fuerza de ejercicios y enseñanzas aprendían a obedecer). Danilo y su hermano Coco eran los domadores, también, para las labores asistenciales, trabajaba con ellos Manu Zonta. Al principio, para bajarles la bravura, utilizaban métodos fuertes y, poco a poco, conforme iba asimilando, comenzaban con los ejercicios y enseñanzas hasta lograr su docilidad. Cuando aprendían, respondían rápido a cualquier instrucción dada. Una vez, estando en la caballeriza (a mí me gustaba ir… y apenas tenía chance…), me dijo Coco ‘Beto, tráigase ese caballo’, voltee la mirada y lo vi, estaba en el patio listo para montar y, con la rienda, amarrado a una de las argollas para eso puestas en la pared, llegue lo solté y, para llevármelo agarre sólo un lada de la rienda y jale, el caballo dio vuelta y como yo seguía jalando, continuo dando vueltas y guindando de la rienda yo también, mas, al oír a Coco gritar, ‘suéltese’, lo hice y, con el impulso, paré en la cerca de piñuela. Por suerte fue sólo el susto y con la explicación de Coco, me quedó claro, para jalarlo hacia delante, es necesario asir los dos extremos de la rienda, porque, si jala sólo uno, el animal gira para el lado que jale (Así, con lo aprendido, eliminé la posibilidad de un accidente por desconocimiento).

Doña Elena, la mamá de Danilo, les hacía las tortillas y, cuando trabajaba por la mañana, iba con los chiquillos (Chisco, Dasy, Charly, Meme, Margari,…) a traerlas y siempre me acuerdo, apenas llegaba, ella cogía una tortilla caliente, le untaba manteca con pringues de sal y me la daba… Uh… que rico, valía la pena…   

Continuará

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